Imagina esta situación:
Estáis a punto de salir de casa… un poco justos de tiempo.
Le has dicho varias veces a tu hijo que os váis, que ya es la hora de salir.
Tu hijo, como si nada… sigue jugando, no responde.
Y al final protesta: “No quiere ir”.
En ese momento, dentro de ti pasa algo muy concreto.
No piensas:
Tranquila, está expresando sus emociones.
Realmente piensas:
No puede ser, otra vez que vamos a llegar tarde.
Siempre igual. Da igual que se lo adelante y que me diga que sí…
Y ahora qué hago: ¿me lo llevo a rastras?
Y ahí aparece la tensión.
No porque tu hijo esté haciendo algo “grave”, sino porque no está cumpliendo la expectativa que tú tenías: que colaborara, porque (en teoría) tú lo estás haciendo todo bien.
Hablando tranquila
Adelantarle lo que vais a hacer
Poniendo límites claros sobre que es hora de dejar de jugar
Esa es la trampa. Las expectativas.
La crianza que nos han vendido es que, si validamos sus emociones, si ponemos límites claros, si nos ponemos a su altura… el niño va a responder de forma razonable.
Pero los niños no funcionan así.
Los niños son seres muy emocionales. O sea, que no son tan racionales como nosotros.
No están pensando: “Es importante salir de casa a tiempo para llegar a las extraescolares, porque luego mamá tiene que ir a hacer la compra y no quiere ir agobiada”.
No, todavía no.
No saben de prisas, tus necesidades, de orden, de quedar bien o mal con los demás…
Viven en el presente “casi” constante, y muchas veces están en su mundo imaginario.
Muchas veces sólo están jugando con pasión: “Qué guay este juego, mira cómo estoy construyendo una torre súper alta”.
Además, están aprendiendo a entender el mundo en el que viven, y eso implica probar, decir no, desbordarse y volver a la alegría.
Cuando no entendemos esto de verdad, lo que aparece es frustración.
Y la frustración no viene de que tu hijo pasa de ti, sino de una expectativa que no se cumple.
Y desde ahí, reaccionas.
- Levantas la voz.
- Suspiras con impotencia.
- Aprietas los dientes y te callas.
- Cedes para no acabar enfadada.
Y estás tú, con la puerta abierta y el abrigo puesto, esperando a que tu hijo decida levantarse.
Tu sistema nervioso ha entrado en colapso.
Tus patrones emocionales se activan en automático.
Y hasta que no miras tus patrones y aprendes a regularte, ninguna estrategia de crianza funciona.
No de forma sostenida.
Pero no caigas en la segunda trampa…
Criar con coherencia no es vivir en calma todo el tiempo
Hay una creencia muy extendida —también dentro de la crianza respetuosa— que acaba pasando factura a muchas familias.
La idea de que tienes que ser una madre calmada, con las palabras justas, con presencia 100%, 24 horas disponible por si tus hijos tienen alguna necesidad sin cubrir…
Esta trampa es muy dolorosa (y exigente).
Porque creer que para criar bien a tus hijos, que no se les quede ningún trauma de esos que tengan que ir a terapia cuando sean mayores, tú tienes que ser una madre zen… ES MUY DURO.
Basta de exigencias imposibles que te encierran en una nueva jaula: la de la crianza consciente perfecta y paciente.
Porque eso no es real.
Y puede que estés pensando que tú no quieres ser la madre perfecta.
Pero, ay, cuando te desbordas y te castigas a ti misma, puede que sí estés cayendo en el síndrome de la madre perfecta.
Porque en tu casa no conviven personas “teóricas” con situaciones “teóricas”, como las que ves en redes o lees en los libros…
“Teóricos”
En tu casa conviven personas con emociones.
Personas que se cansan.
Que se frustran.
Que tienen días malos, y también buenos.
Con horarios de cole y de trabajo..
Ahí es donde muchas madres se pierden: en la expectativa de una crianza irreal.
Criar con consciencia no significa que tu hijo vaya a colaborar siempre.
Significa que habrá días que sí… y otros que no.
Lo importante es ir desarrollando la habilidad de entender por qué le pasa.
Criar con consciencia no significa que tú no grites, o que te cueste sostener los límites y acabes haciendo tú lo que le has pedido hace sólo 1 minuto.
Significa que hay días en los que tú estarás centrada… y puedas acompañar las emociones de cualquiera.
Y días en los que no, y sepas qué hay dentro de ti que se está activando.
La diferencia no está en evitar los desbordes emocionales.
Es observar cuál es tu patrón emocional que acaba tomando el control de la situación, para reconectar contigo y regular esa emoción.
Está en saber observarte cuando aparecen.
Qué ha hecho que se active en ti ese enfado, ese miedo, esa sensación de perder el control…
Qué situaciones son las que te sacan de tu centro:
el desorden, el miedo a no ser suficiente, a equivocarte de nuevo, el miedo a que no sean capaces de superar situaciones similares en el futuro, a no saber sostener sus emociones y qué decirles para que se sientan tranquilos y seguros.
Y en tener recursos emocionales para volver a ti,
Saber soltar la emoción sin hacer daño. NI reprimirla para que te haga daño a ti.
En lugar de exigirte que no te pasa nada, ni exigir a tu hijo que te entienda, puedes preguntarte:
¿Qué me está haciendo que reaccione así hoy?
¿Por qué este comportamiento de mi hijo me lleva hoy a sentir impotencia?
Desde ahí, la mirada cambia.
Ya no ves a tu hijo como alguien que “no colabora”.
Lo ves como alguien que te refleja algo de ti que aún queda por sanar, por observar, por trascender.
Y también ves a un niño que tiene sus propias necesidades y emociones, y posiblemente no sepa ni cómo han llegado ahí.
Qué hacer cuando te das cuenta de que te has activado
El cambio no empieza cuando todo va bien.
Lo hace cuando tú dejas de exigirte ser una madre siempre tranquila, para convertirte en una madre presente, consciente y capaz de reparar.
Eso sí es crianza real.
No siempre es evidente.
A veces es una sensación corporal: un nudo en el estómago, se te agarrota la garganta, una presión en el pecho que te pide llorar..
Otras son miles de pensamientos a la vez adelantando todas las posibilidades futuras que aún no han ocurrido, y que probablemente nunca ocurran.
Ese es el momento clave.
Parar y sentri qué está pasando dentro de ti. Que no tiene nada que ver con tu hijo, sino más bien con tu historia, tus creencias, tus miedos inconscientes…
Eso es, en muchas ocasiones, lo que dirige tu mundo emocional.
Y desde ahí hablas a tu hijo cada día.
Antes de decir nada, antes de explicar, antes de insistir…
Sólo mírate a ti.
Un instante.
Puede ayudarte hacerte una pregunta muy sencilla:
¿qué me está pasando ahora mismo?
No hace falta tener una respuesta clara, pero sólo hacerte la pregunta te va a sacar de tu “modo reactivo” a tu “modo reflexivo”.
A veces basta con reconocer: estoy cansada, estoy acelerada, estoy frustrada porque me pasó esto en el trabajo..,.
Nombrarlo, aunque sea por dentro, ya cambia algo.
Te saca del futuro y te devuelve al presente.
Muchas veces, junto a esa emoción, hay una expectativa apretando.
La idea de que tu hijo debería colaborar.
De que esto no tendría que estar pasando.
De que, si lo estás haciendo bien, no deberías sentirte así.
Y esa expectativa pesa más que la escena que estás viviendo en sí.
Cuando consigues soltarla y coger perspectiva—aunque sea un poco—, el cuerpo afloja.
Tu sistema nervioso se relaja.
No porque la situación cambie, sino porque tú dejas de luchar contra ella.
En esos momentos, volver al cuerpo es más importante que encontrar la frase perfecta.
Bajar un poco los hombros.
Respirar algo más lento.
Sentir los pies en el suelo.
Y habrá días en los que, aun así, te desbordes.
Y no pasa nada.
Eso no significa que el vínculo se haya roto. Pero sí, que te lleve a la responsabilidad de qué vas a hacer diferente la próxima vez para no llegar ahí.
Criar con consciencia no es no perder la calma nunca.
Es saber volver cuando te pierdes.
Pedir perdón.
Explicar lo que te pasó y cómo te sentiste.
Reparar lo que se dañó.
Ahí es donde tus hijos aprenden algo mucho más profundo que la obediencia:
Cómo se cuidan las relaciones de las personas que amas y te aman.

